En agosto de 1998, Saltram SA, una empresa que adquirió en 1993 el molino Santa Rosa (Canelones) dio quiebra. En ese momento trabajaban allí 70 personas, que fueron al seguro de paro. “Había compañeros que no tenían mucho estudio y el ramo está bien pago, y si no teníamos trabajo acá teníamos que viajar a Montevideo o emplearnos en otras cosas”, contó Richard Bayares. En una de las reuniones, un trabajador, Héctor El Flaco Bermúdez, propuso conformar una cooperativa y, después de muchas reuniones, se decidió crear la Cooperativa de Trabajadores del Molino Santa Rosa (CTMSR), con 44 socios fundadores. “Jurídicamente nos formamos el 14 de abril de 1999, y para ese momento ya había compañeros haciendo horas gratis para limpiar el trigo y dejar el molino en condiciones”, agregó Bayares.

“En ese ínterin también tuvimos que negociar con UTE, porque el molino debía 27.000 dólares y nosotros no sólo estábamos desocupados, sino que no contábamos con fondos propios. Se negoció y hubo comercios de Santa Rosa que pusieron dinero, que después devolvimos. Se empezó a moler con un productor de Tala, que nos fio el primer viaje de 30.000 kilos de trigo, e hicimos la primera molienda”, contó.

Bayares recuerda que los primeros años fueron muy duros, porque no había trabajo para todos y se priorizó a los trabajadores más antiguos, mientras que los más jóvenes se emplearon en otros rubros, como el de la construcción. Gracias a esa primera molienda, en 2002 el Banco República (BROU) les cedió el derecho posesorio para usar la planta, y en 2003 les otorgó 400.000 dólares para rematar el molino con los trabajadores como compradores. “El 21 de abril de 2004 fue un día que nos quedó grabado en la retina, por el apoyo que tuvimos del pueblo. A las 13.30 fue el remate, y los comerciantes bajaron sus cortinas y pusieron en sus vitrinas que cerraban para acompañar a los trabajadores del molino. Eran más de tres kilómetros de caravana, con un montón de ómnibus; tuvimos el apoyo de muchas cooperativas, como las de la construcción, y siempre nos acordamos de los compañeros de FUNSA, que nos dieron una mano importante. Cuando salimos del molino hacia Canelones, donde se hizo el remate, vimos a niños en el cordón de la vereda, con sus maestras, aplaudiendo”, relató.

El BROU les dio esos 400.000 dólares y se quedó con los títulos del molino hasta que terminaran de pagar el préstamo, en siete años. Un año antes de que se venciera el plazo, la cooperativa terminó de pagar y firmaron las escrituras. Para ese entonces Bayares era presidente y le tocó firmar la escritura.

En 2020, después de declarada la emergencia sanitaria por la covid-19, el 13 de marzo, los trabajadores de CTMSR tuvieron la oportunidad de solidarizarse con los que la estaban pasando peor, y de esa manera devolver algo de lo que habían recibido años antes.

Una mañana de abril recibieron el llamado de Pablo Perdomo, presidente de Cooperativas Agrarias Federadas (CAF). Los productores se habían puesto de acuerdo en donar trigo, pero necesitaban molinos que lo trasformaran en harina, eligieron a los molino Santa Rosa y Florida porque son emprendimientos cooperativos.

Perdomo dijo a la diaria que sólo hizo falta un par de llamadas telefónicas para que los cooperativistas se pusieran de acuerdo. Comentó que al principio fueron cautos al momento de pedir las donaciones, pero que esa mañana llegaron a recolectar 90 toneladas de trigo. Esa harina después fue entregada al Sistema Nacional de Emergencias (Sinae), que a su vez le dio parte al Instituto Nacional de Alimentación.

“En principio pensamos en completar un camión, pero nos dijeron que no: querían colaborar con más trigo. En media hora conseguimos 90 toneladas, más un importe en dinero de los que no tenían trigo de calidad panadera para llevar a los molinos”, dijo Perdomo.

Lo que cada molino puso como insumo propio fueron las horas de trabajo y los costos, por ejemplo, de energía, que son altos. El molino Florida dedicó 36 horas a la molienda de trigo, mientras que el Santa Rosa le dedicó 12 horas.

Uno de los requisitos para la producción de harina es que el trigo tiene que tener un peso específico y una humedad determinada (14%). En el proceso, en promedio, se saca alrededor de 75% de harina; el resto de la molienda es un subproducto que se usa para el alimento de ganado (afrechillo de trigo, semitín o sémola). De las primeras 90 toneladas, CAF decidió donar esos subproductos a productores de la zona del este del país que padecieron la seca de hace unos meses.

Perdomo aseguró que lo que no querían hacer era comprar la harina: “Queríamos aportar con nuestros productos, que es lo que sale de la tierra”. “No nos hubiéramos perdonado que esa molienda la hicieran molinos que no fueran cooperativos. Ellos nos redoblaron la apuesta y dijeron: ‘Ustedes nos traen el trigo y nosotros lo molemos, lo embolsamos, lo distribuimos a donde nos digan’”. En paralelo a estas conversaciones, CAF se comunicó con el Poder Ejecutivo. Álvaro Delgado, secretario de Presidencia, les pidió que todo se formalizara por medio del Sinae, porque “toda la logística llevaba tiempo”.

Además, hubo más gente que se fue uniendo; por ejemplo, los molinos les pidieron una donación a sus proveedores de nailon para poder hacer cada bolsa de un kilo de harina. “Después apareció una cooperativa de camioneros que trabajan para el molino Florida, que nos ofrecieron los fletes”, señaló.

El presidente de CAF contó que después de que terminaron la coordinación recibieron una llamada de la Federación Uruguaya de Cooperativas de Ahorro y Crédito (FUCAC): “Nos dijeron: ‘nosotros queremos comprarles el trigo a las cooperativas que donaron y unirnos a lo que están haciendo’. Así empezó el mismo proceso, y esa harina se está por entregar”.

La rueda ya estaba girando: por intermedio de CAF, seis cooperativas avícolas también hicieron donaciones, y las cooperativas que tienen supermercados crearon el carrito solidario: “Cada uno que pasaba por la caja o pedía a domicilio podía aportar elementos al canasto solidario, que en la noche se distribuía a nivel local en las ollas populares. Los productores también querían colaborar, y de algunas cosechas descontaron kilos para la causa, entonces las cooperativas empezaron a donar en dinero a los comedores locales”.

En la actualidad hay 14.000 personas en cooperativas de trabajo en todo el país, 900 de trabajo clásicas y más de 400 cooperativas sociales.

Jumecal, una cooperativa agraria de Melilla, hizo varios embarques de fruta y verdura. “Un camión recorrió los comedores de Colón y Sayago; además, la cooperativa Cava, que es vitivinicultora de Las Piedras, donó los jugos de uva para los comedores escolares de Las Piedras y Progreso. En resumen: para nosotros la solidaridad está entre los principios y valores de las cooperativas. Las cooperativas agrarias en territorio hacen esto todo el año, forma parte del abecé. Por eso fue que ante la pandemia, de forma rápida, surgió todo esto; fue una locura, el teléfono estaba al rojo vivo”, expresó.

Sobre el destino de los productos, Perdomo dijo que fue muy importante el registro y la documentación de los movimientos, porque “si no te asegurás de que llegue a quien tiene que llegar, no es bueno ni para el que dona ni para la persona que lo tenía que recibir”, y comentó que fue una de las primeras cosas que pidió Delgado, que todo quedara registrado.

Nelson Más, del molino Florida (del que dependen 80 familias) dijo a la diaria que la experiencia no sólo fue linda, sino gratificante. “Es demostrar que en momentos difíciles para el país el movimiento cooperativo está preparado para dar una respuesta no sólo de solidaridad, sino de intercambio y apoyo”.

Más también fue crítico con el sistema cooperativo: “Yo tengo una teoría y creo que se da en el terreno. Las cooperativas nacemos de una urgencia y, lamentablemente, los trabajadores no estamos preparados para dirigir. Desde la urgencia tomamos las riendas, y si no tenemos un buen apoyo y un buen asesoramiento los emprendimientos fracasan, y no es sólo culpa de la cooperativa: muchas veces, con la mejor de las intenciones metés la pata. Que las cooperativas estén mal vistas es parte culpa del sistema y parte culpa nuestra”, dijo.

“Hoy nuestros proyectos están llamados a ser más viables y sustentables, y a generar mano de obra genuina y defendible en el tiempo”. Nelson Más, Molino Florida.

A pesar de todo, Más aseguró que la forma de salir de la crisis provocada por el coronavirus es a través del movimiento cooperativista. “Hoy nuestros proyectos están llamados a ser más viables y sustentables, y a generar mano de obra genuina y defendible en el tiempo”.

De ahorro y crédito

Otra cooperativa que se sumó a la donación de trigo fue FUCAC. César Boné, presidente de la Fundación FUCAC, comentó que las acciones se enmarcaron en la Movida Verde, una iniciativa que repatrió cajas de comida por todo el país.

“Lo que hicimos fue cooperativismo entre cooperativas”. César Boné, FUCAC.

Boné dijo que FUCAC fue la primera institución financiera de Uruguay que aplazó los créditos por 90 días. “Eso llevó a que la banca, tanto nacional como extranjera, siguiera los lineamientos del sistema cooperativo financiero. Esto lo decidimos el 15 de marzo, fuimos los primeros en actuar en ese sentido”, relató.

Sobre la compra de trigo aseguró que al molino Florida le donaron 20.000 kilos de harina como pago. “Lo que hicimos fue cooperativismo entre cooperativas”, afirmó.

Por su parte, Walter Zurdo, presidente de la Federación de Cooperativas de Producción del Uruguay, contó a la diaria que durante los primeros días de pandemia, en marzo, lo que hicieron fue una consulta a las cooperativas del entorno para saber cuál era el estado de situación. Repitieron esto en abril, y en esta segunda instancia llegaron a más de 100 cooperativas, de las 300 asociadas.

“De inmediato, la situación del transporte ya estaba complicada, con un cese de más de 80% de movimiento de flota y de venta de boletos. Al día de hoy, es uno de los sectores más complicados, ya sea de taxis como de ómnibus”, dijo respecto de la situación actual de algunas cooperativas. Sobre las productoras de alimentos aseguró que casi no se vieron comprometidas; más allá de que se enlenteció la cadena de pagos, “nunca dejaron de trabajar y no tuvieron que mandar gente al seguro de paro”. “Los servicios, salvo en el caso de las cooperativas que trabajaban con mucha producción, siguieron trabajando, muchas con gente en la casa cobrando el jornal. En cuanto a la educación no formal, por ejemplo, los CAIF lograron hacer teletrabajo y dejaron una guardia para la contención de las familias y para repartir la comida. Después, las que se quedaron trancadas fueron las constructoras y ramas afines; los bares bajaron las cortinas y fueron muy afectados”, enumeró.

Con respecto a las acciones frente a la crisis, contó que los taxis hicieron un acuerdo con los CAIF para la entrega de bandejas, con costos mínimos, pero de tal manera que pudieron evitar que se perdieran las fuentes de trabajo. “Todas las cooperativas dicen los mismo: que es como abrir una nueva veta de negocios bajando costos para paliar la situación, pero después de que se vuelva a la famosa normalidad se verá si los explotan o no”, dijo.

“A veces las cooperativas estamos muy sumidas en la gestión interna y no miramos para el costado; la pandemia nos obligó a hacerlo”. Walter Zurdo, FCPU.

Zurdo considera que el coronavirus hizo que aumentara el intercooperativismo: “El tema es que a veces las cooperativas estamos muy sumidas en la gestión interna y no miramos para el costado; la pandemia nos obligó a hacerlo”. “Muchas veces se da el intercooperativismo, pero no en la medida en que nosotros queremos. “Por ejemplo, a algunas cooperativas de educación, después de estar con los niñas y niños, poco tiempo les queda para el vínculo con los demás emprendimientos”, dijo, y puso como ejemplo a los molinos.

La solidaridad de FUCAC en números

Para el reparto de las cajas de alimentos se recorrieron 15.000 kilómetros; las cajas contenían 16 kilos de alimentos; llegaron a 13 departamentos, 27 ciudades, 54 barrios y 155 organizaciones sociales; fueron 197.450 kilos de alimentos donados, unas 12.000 cajas; dos millones de platos de comida con un valor de 750.000 dólares; el trabajo demandó 119 días.